martes, 23 de octubre de 2007

Cueva de los Guanacos


LAT 38º08'40.7" LONG 61º57'36.3" 938m- Average 8.8m - Medición propia según GPS.

lunes, 22 de octubre de 2007

"El Caballito" - Figura tallada por la naturaleza en la roca serrana que da origen al nombre de la Quebrada del Caballito. Según medición propia con GPS su coordenada es: Lat Sur 38º08'13.8" Long Oeste 61º58'57.0" - Altitud 681m con margen de error de 4.0m

Cumbre tempestuosa - Parte 1 de 2



La luna, en su cuarto creciente avanzado, alumbraba nuestro camino y resaltaba los sombríos rincones de la montaña. Esa conjunción fenomenal ponía al descubierto un paisaje en blanco y negro que le daba más secretos a la noche que, vestida de gala, lucía sus relieves en claroscuros y magnificaba el espectro serrano dándole una mezcla de distinción y misterio. Tenía un toque de magia tan notable que, mientras la contemplábamos, nos dejaba sorprendidos y admirados.
Era la noche del viernes 21 de enero de 2005 y nos encontrábamos metidos en el corazón del Cordón de Sierra de la Ventana.
Recorríamos el sitio en el cual se encontraban, por un lado, las quebradas más extensas y profundas, y por el otro, el cerro más alto del Sistema de Ventania. El suspenso, superado solamente por Alfred Hitcoch en la ficción, se respiraba en el ambiente.
Después de un par de horas de caminata cuesta arriba, hicimos un alto pues la marcha se tornaba pesada por el calor. Habíamos iniciado la ascensión a las diez y media de la noche y el viento del noroeste, en esa noche de verano insoportable, nos aliviaba al contacto con la piel sudada. Vestíamos pantalón y remera livianos pero así y todo transpirábamos cada vez más. La humedad relativa ambiente era elevada y a consecuencia de ello nuestra ropa se pegaba al cuerpo.
El tema obligado del grupo era encontrar la mejor expresión idiomática para exaltar la belleza del paisaje que nos rodeaba por arriba y por los costados. Por un lado teníamos el cielo, muy oscuro, y por el otro el contraste de las estrellas que, al latir, se agrandaban o se achicaban.
A ese panorama le agregábamos el avance de la luna que trepaba sin ruido pero sin pausa.
El clima, hasta entonces, parecía ser favorable y beneficioso para nuestro emprendimiento.
Sin embargo, al detener la marcha y girar moviendo todo nuestro cuerpo como si fuera un compás, no sólo comprobamos que habíamos hecho un circulo, sino que, para nuestra sorpresa e inquietud, descubrimos relámpagos que en el horizonte alumbraban un frente de tormenta que avanzaba a paso redoblado como el enemigo tirano.
No tuve mejor idea que decirle al equipo que yo había mirado Internet y que los pronósticos no anunciaban lluvias en el área serrana. Que dado las observaciones del día y mi pensamiento positivo, estaba totalmente convencido de que esa noche no llovería.
A medida que transcurrían los minutos mi convencimiento se convertía en duda. Al final, Guillermo, uno de los integrantes del equipo dijo:
- Muchachos, no quiero ser pájaro de mal agüero pero yo consulté el Servicio Meteorológico Nacional y pronosticó desmejoramiento del tiempo, chaparrones aislados y tormenta eléctrica.
- No lo niego, pero generalmente me baso en los pronósticos de la mayoría –añadí.
Al no haber respuesta y confiado en mi pronóstico agregué:
- Además, hay viento, y mientras haya viento no lloverá, miren que noche diáfana!
Todos rieron por la terminología que usé pero no hubo comentario alguno.
Media hora después de la medianoche llegamos al nivel de altitud de la Cueva de los Guanacos desde donde se puede ver, claramente, las luces de las poblaciones de Sierra de la Ventana, Saldungaray, y Coronel Pringles. Las luminarias resaltaban mucho más porque la luna que nos venía alumbrando fue tapada por negros nubarrones que avanzaban con un fin incierto, pero que, ante el cariz que iba tomando la tormenta, ya nos percatábamos que tendría algún desencadenamiento natural.
De la claridad de una noche de luna pasamos a la oscuridad de una noche sin ella.
- Ya no nos vemos -dijo Miguel-. Hasta recién nos mirábamos y nos veíamos. ¡Cómo cambió!
- Sí, y miren cómo se nos viene encima la tormenta! -exclamó Pablo.
Guillermo sonreía al ser cómplice del pronóstico del SMN. Daniel y Zulema eran los más callados y silenciosos.
Hicimos un alto para comer algo frugal e hidratarnos convenientemente, allí, después de la austeridad gastronómica, les dije:
- Bueno muchachos, que tal si seguimos?
- Vamos -dijeron al unísono.
Exactamente a las dos de la mañana del sábado 22, a pesar de trepar los últimos metros en estricto silencio, despertamos al supuestamente dormido coloso bonaerense.
Con la alegría propia del momento pero con la euforia controlada nos dirigimos al refugio pircado de la cumbre, y nos mimetizamos en él creyendo que teníamos dominada la situación climática. ¡Qué lejos estaba nuestra creencia de la realidad!
- Es mi primera cumbre nocturna –dijo Miguel.
- Primera también –añadieron Guillermo, Daniel y Pablo.
Zulema saboreaba su segunda conquista en esa condición.
Aquellos que teníamos ropa mojada por la transpiración nos pusimos ropa seca y nos acomodamos en el circular asilo montañero.
El espectáculo que daban los relámpagos nos pareció sorprendente y en cierta manera maravilloso porque en un segundo nos iluminaba la cumbre y seguidamente lo hacía con la cresta del Cerro Ventana. Luego nos volvía a iluminar a nosotros y seguía por otra zona. Alcanzábamos a ver los campos que, alumbrados por los refucilos, mostraban sus pertenencias.
Al cabo de pocos minutos los relámpagos eran acompañados por estremecedores truenos y después fue una constante: luz y sonido. Faltaba la acción pero no tardaría mucho en llegar.
- Tranquilos -dije a mis compañeros-, mientras perdure el viento no lloverá. Comamos que nos vendrá bien.
- Yo traje una sidra -dijo Pablo-, vamos a brindar por la cumbre.
- Buena idea -agregó Daniel.
- ¡Genial! -añadimos todos.
- Hay que abrirla antes de que se caliente -dije yo.

Cumbre Tempestuosa - Parte 2 de 2


¿Alguna vez has visto parar la lluvia?

Mientras Pablo abría la sidra y yo sacaba fotos empezaron a caer las primeras gotas de lluvia.
- ¡Acomódense para la foto! -alcancé a decirles-. No creo que podamos sacar la grupal porque se está largando con todo!
Hicimos unas cuatro o cinco tomas y, armados de coraje, nos volvimos a sentar en el refugio para seguir descansando y disfrutar de la noche y sus luces fenomenales. Yo estaba plenamente convencido de que caerían unas gotas y nada más, pero la naturaleza iba a actuar distinto a lo que yo creía.
Los relámpagos, furiosos, se acercaban cada vez más a la cumbre, y el sonido de los truenos, con el crack característico que asusta, se desparramaba por todas las quebradas que a su vez actuaban como cámara de reverberancia.
Por nuestro lado reinaba silencio absoluto. Si alguien del equipo quería hacerse oír, o dar a entender alguna cosa, tenía que gritar o hacer señas.
Estábamos metidos en el centro de la tormenta pero, gracias a nuestro desparpajo, el estado de ánimo del equipo estaba tan alto como el Tres Picos.
- ¿Qué mierda estamos haciendo acá? -dije de repente y todos rieron a carcajadas.
- Sí, es cierto -añadió Guillermo-, en esta noche "diáfana"
Las risas estridentes fueron tapadas por rayos y centellas. La tormenta eléctrica estaba uniendo su cable “nubes a tierra y viceversa” y nosotros éramos parte de la antena terrenal.
Durante veinte minutos aguantamos estoicamente las primeras gotas que eran grandes y heladas.
A efectos de resguardar mi cámara fotográfica la puse en el estuche y la coloqué en una bolsa estanca. Justo allí, en el preciso momento de terminar la acción de colocarla en la mochila, empezó el diluvio.
- ¡Vamos muchachos! -grité-. La lluvia viene del cuadrante noroeste. Conozco un alero a escasos tres minutos donde podemos resguardarnos.
Las gotas de lluvia eran magnificadas por el halo de luz de las linternas y nos daba la sensación de que fueran más contundentes.
- Por acá -grité al quinteto que venía en fila india-, este pequeño alero nos puede cobijar un poco hasta que calme el temporal.
Nos sentamos todos de espaldas a la lluvia y al alero que evitaba gran parte de la precipitación, pero enseguida rotó el viento y la lluvia, cada vez más copiosa, nos castigaba desde el sur.
Nuestro escudo ya no servía. Permanecimos sentados uno al lado del otro para darnos calor pero el agua se nos iba colando por todos lados.
Repentinamente nos cubrió la niebla y la luz de las linternas ya no tenía su efectividad.
Si algún fenómeno natural nos estaba faltando ya había llegado. Habíamos resistido el calor, los relámpagos y truenos, la tormenta eléctrica, y después la niebla se había instalado para dejarnos con visibilidad cero.

Todos en aparente buen estado y condición

- No tiene sentido que nos quedemos acá -dije al grupo-, estamos completamente mojados y si nos quedamos nos vamos a enfriar.
- ¿Qué hacemos? -preguntó Zulema rompiendo su silencio.
- Vamos a bajar ya mismo. Nos seguiremos mojando pero al estar en movimiento nos mantendremos calentitos. ¡Siganme!
No quise mencionar la palabra pero me salió de adentro.
- ¡Ay la que nos espera! -dijo Miguel y todos rieron.
Pero la risa duró lo que una estrella fugaz.
El equipo bajaba en silencio total.
Superamos el despeñadero y en pocos minutos nos metimos de lleno en la Canaleta de los Guanacos que se caracteriza por su abrupto y barrancoso terreno.
La situación no podía ser peor. Transitábamos sobre las piedras sueltas, el pastizal mojado, y bajo una cortina de lluvia. El viento, con sus ráfagas violentas, me estremecía, y la tormenta eléctrica, impredecible en sus consecuencias, me atemorizaba. Pero no era momento de pensar en ello porque tenía que estar completamente concentrado en pisar los lugares en donde pudiera trabar para no resbalar y caer. El desnivel era muy marcado y precipitar allí significaba rodar metros hacia abajo con serios riesgos de sufrir lesiones severas.
Mi responsabilidad era marcar con mis pasos la mejor ruta para que mis compañeros tuvieran las mínimas posibilidades de sufrir caídas.
Descendía lentamente pero con firmeza, alentando constantemente al equipo para darles seguridad, aunque la mejor seguridad era la que se podían brindar ellos mismos.
Mi ayuda, más que nada, no era el apoyo psicológico que se aprende en las universidades, sino más bien, el que se aprende en la montaña en situaciones críticas.
De tanto en tanto hacía un alto de un minuto para mirar hacia atrás y hacia arriba, para ver como se desempeñaba el grupo en el “terreno embarrado”. Al hacerlo, apagaba mi linterna para no encandilarlos, y entonces sin querer, descubrí un mundo de luces que cautivó a mi cerebro. Era un concierto de luminarias de brillantez inigualable y formas indescriptibles. Trazos y aureolas producidas por el halo de sus linternas que, cambiando constantemente de aspecto a causa de la niebla y la lluvia, se magnificaba y brindaba un espectáculo digno de ser contemplado. Gracias a ese descubrimiento, y para gozar del espectáculo, de allí en adelante hice un alto cada veinte metros. No me quería perder detalles del juego de las luces artificiales.
Embelesado por esa causa, y habiéndome olvidado de los rayos, no me había dado cuenta de que íbamos a través de la Cueva Nido de Águilas.
Dudé por un momento si era conveniente refugiarnos en ella o seguir. Pero decidí seguir porque mientras lo hiciéramos estaríamos en marcha con el cuerpo caliente.
La lluvia continuaba y estábamos con la ropa totalmente empapada.
Dejamos atrás la piedra “el bote” y a partir de allí, casi en el llano, caminamos sobre los charcos que se habían formado en el sendero.
Un escollo durísimo había sido superado y las condiciones del tiempo tendían a mejorar.
No más rayos, no más niebla, el viento amainaba y la lluvia también.
No nos quedó duda alguna de que la “fiesta” estuvo concentrada en la pirámide somital del Tres Picos y nosotros caímos como peludo de regalo.
Con el mejoramiento del tiempo consideramos que era momento adecuado para hacer una parada, la cual se hizo extensa por la abundancia de comentarios vertidos en relación a tan singular ascensión.
La luz natural regresó y las linternas perdieron su protagonismo.
El amanecer permitió que nos viéramos las caras otra vez y pudiéramos comprobar, más allá de sentirlo en la propia piel, el estado de nuestra vestimenta que estaba toda empapada.
En la última hora de regreso, mientras mi cuerpo caliente luchaba por secar la ropa, escuché con suma atención el concierto interpretado por los pajaritos del lugar que, según es su sana costumbre al despertar, lo primero que hacen es cantar.

Agustín L. Moreno